domingo, 21 de octubre de 2007

pintame de colores


Allí estábamos tú y yo, llevábamos meses sin decirnos nada, creando historias de papel maché los días de tormenta, contándonos cuentos bajito, a la altura del corazón, sin saber muy bien de quien hablábamos. O sabiéndolo demasiado bien. Como el de aquella bailarina que no aprendió a bailar hasta que lo hizo descalza sobre los cristales hechos añicos de sus zapatitos de cristal. O aquél otro del viejo sordo que contaba las olas impares cada martes. Aunque mi favorito siempre fue el de la niña que coleccionaba cáscaras de nuez en la bañera de su casa. Porque nunca se atrevió a subir a una de ellas y decirle al viento que estaba dispuesta a hundirse pero no a dejarse arrastrar por aquellos que nunca le creyeron. Porque cuando me lo contabas me parecía que me leías sin mirarme entrelíneas. Y porque sin atreverme yo a hacer lo mismo, siempre esperé que me sumergieras hasta el fondo de aquel mar.Y allí estábamos tú y yo, tejiendo hilos con palabras sin averiguarnos las manos que las dictaban, saltando la rayuela y haciéndonos trampas a nosotros mismos en un intento de evitarnos los ojos. Porque a mi me mareaba tanto negro y tú nunca llevaste bien que no te aguantase la mirada. Con demasiados años en los párpados como para cerrarlos y empezar de nuevo, pero se nos acabaron los acentos y sin darnos cuenta empezamos a escribir postdatas detrás de las rodillas, a salvo de cualquier corriente de viento. Hasta que un día me tomaste de la mano y, con caricias, fuiste ensayando el final del cuento hasta que nos lo supimos de memoria, cuando ya sabíamos deletrearlos con una mano rompiste todas las letras y me pusiste un pincel en las manos. Fue el ojo de de tus pupilas quien me dijo:- Píntame de todos los colores.


domingo, 7 de octubre de 2007

acordes cotidianos


Iba a decirte que hoy no soy capaz, que no tengo el sonido adecuado en la cabeza, pero siempre funcionas como combustible en forma de palabra, y aquí estoy, dándole vueltas al misterio de un trozo de madera y unas cuerdas, que con la tensión adecuada, son el arma más perfecta en determinados momentos. Y nada puede evitar que nos mojemos cuando las tormentas nos atrapan en un callejón; porque hay cierta clase de cosas que no nos piden permiso, pero sólo nosotros tenemos la habilidad suficiente para zafarnos de la rutina, para hacer desaparecer las nubes a base de conjuros misteriosos que muchos pronunciaron hace años, mucho antes de que tú y yo cruzáramos trayectorias frente a un escenario. Por eso tengo un sonido para cada uno de tus momentos, para que nunca te falle la banda sonora ni creas que bajo tus pies sólo hay precipicio. Siempre hay un acorde escondido en tu sombra.