Recuerdo el momento como si hubiera pasado un minuto desde entonces, y no un año. Tal vez tres. Tú llevabas la camisa blanca con los lentes oscuros, y yo intentaba mi enésimo aterrizaje de emergencia volando con un solo motor y sin la gasolina suficiente. Sonreíamos mirando al suelo, tratábamos de aprender de memoria el manual de instrucciones, de retener cada segundo respirado junto al otro. Entonces te giraste, como buscando un refugio, y me abrazaste con fuerza. Yo me mecía despacio, aspirando tu aroma con intensidad. Había un poco de desesperación en aquel gesto; quería creer que en algún lunar de tu clavícula derecha se escondía la solución a todos mis problemas, pero no tenía la menor idea de dónde estaba la solución a tus propios problemas. En mi clavícula no, desde luego. En ese instante alguien pasó; cuando pasó a nuestro lado noté el viento caliente surgir como un fantasma por encima de tus hombros, rodeándonos, fundiéndose en nuestro abrazo largo, y volviendo a escapar junto con el carro que salia del parqueo.El resto de personas alredor seguían su camino , viendo a su alrededor. Una parte de nosotros ya no estaba allí, y no volvería a aparecer nunca más. Algo de lo que habíamos sido hasta entonces se perdió entre las llantas de los carros, y las hojas de los arboles de la universidad, y otra vida nació en ese chispazo de energía. Ahora, cuando llevamos varios meses dando vueltas sin encontrar (ni querer encontrar) la salida del laberinto que nosotros mismos hemos construido, bajo aquel arbol, y recorro paso por paso el camino para volver al punto donde me abrazaste. Donde tomamos el desvío que nos ha traído hasta aquí.