viernes, 31 de agosto de 2007

(en estas epocas de intolerancia y prejuicio) a todos aquellos que...


Me miras y no me ves. Aunque te esfuerces, fijando la vista en mi rostro, en mis ojos o en mis manos, por mucho que lo intentas nunca consigues distinguirme. No es el sol en el rostro, has probado con lentes de sol, usando tu mano extendida de visera o buscándome más allá del crepúsculo. No importa, a pesar de las estratagemas, me miras y no me ves. Como cuando te sumerges en la oscuridad relativa tras la luz absoluta. Estás cegado y no lo percibes. Observas despacio mi piel, quizás más oscura que la tuya, mis rasgos, el color extraño de mis ojos y de mis pelo, mis rizos rebeldes, mi altura y la suavidad o la tosquedad de mis manos. Y aún así, no serías capaz de (re)conocerme más allá de este instante bajo el sol de esta ciudad sobrepoblada. Me miras y sólo ves mi religión, distinta a la tuya, ajena a tus creencias, me miras y sólo ves mi piel incomparable con esa que tanto proteges de los primeros ápices del verano. Ves tras mi espalda guerra, sangre y matanzas o puede que “solamente” pobreza, hambruna y exilio. Y a veces hasta simulas que te preocupa, que mundo más desquiciado éste. Eres capaz de percibir en mis manos la falta de pan de todo un país y de un croazón fuerte. Me supones completamente extraña en tus costumbres y, por supuesto, me sabes forastera entre tus fronteras. Podrías definirme, a mí y a otros muchos que igualas a mí, con una o quizás dos palabras. Musulmán, gringo, inmigrante, europeo, indigena, asiático o negro. Y me preguntas el nombre queriendo ser amable. Que importa mi nombre si tú ya has decidido quien soy.










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