
Hace tiempo que me prometí dejar de contar estrellas cuando me dolían de repente las cicatrices, siempre acababa cruzando los dedos a destiempo y arrojando recuerdos contra las rocas más afiladas. Ya sabes que nunca me gustaron los números impares y mejor ahogarlos en salitre que tatuarlos bajo las uñas. Que al final todas las notas suenan con las mismas letras. Pero también sabes que nunca cumplo las promesas que me hago a mi misma y que siempre se me termina escapando la sonrisa. Una estrella, dos estrellas y unos ojos.Nuestra ola, con base a la izquierda, fue construyéndose con números pares que yo me empeñaba en deshilachar a base de razones que nunca supe explicar(me) demasiado bien. Un reflejo excesivamente inexacto de mis manos en tus pupilas o el cajón de-sastre deshecho en el pentagrama de tu espalda. O el miedo a que mi araña fuese también tuya a base de hacer de este lugar mi casa. También recuerdo haber dicho que no era el momento, como si los instantes crecieran en racimos por encima de nuestras cabezas y hubiéramos elegido el incorrecto. Valió la pena el atracón hasta encontrar la llave perdida, esa que llevó de puntillas a la primera persona del plural.Demasiadas películas acaban con atardeceres, así que yo quise escribirte un cuento que empezase con uno, sólo por llevar la contraria. Para demostrar que algunas leyes de la naturaleza se equivocan. A veces, si se quiere de verdad, se puede volar con un beso.
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